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Subject: A dónde vamos... o a dónde fuimos.
Content: ¿A dónde vamos? – preguntó Irena y yo me quedé pensando. La verdad es que no tenía ni puta  idea de para donde jalar, es más, ni siquiera pensé que aceptaría pasar el fin de semana conmigo, pero al fin y al cabo soy chilango y los chilangos además de ser osados y habilidosos para improvisar,  siempre jalamos hacía Acapulco cuando de reventón se trata, así que enfilé hacía el puerto y claro, ya que andábamos de lugares comunes, nos detuvimos a almorzar en Tres Marías. Qué gratificante es la carretera. Uno va devorando kilómetros con el volante y a veces hasta se hace uno consciente de que ese viaje en el espacio también es un viaje por el tiempo y todavía más, un viaje hacia el interior propio por todo lo que uno va conociendo de sí mismo según transcurre; y de los compañeros de viaje ni se diga. Se obtiene de su persona un conocimiento profundo que no se adquiriría en otras circunstancias pero sobre todo, o quizá como resultado de lo anterior, se genera un vínculo especial con esa persona que permanecerá por siempre, aunque nunca más volvamos a verla. Así ocurrió con Irena. Lo primero de lo que me percaté era de su personalidad solidaria y colaboracionista. En alguna parte del camino se nos reventó un neumático, y contrario a lo que se esperaría o sea, que ella permaneciera sentada en el asiento con pose de princesa –el físico ya lo tenía – a esperar a que yo me encargara de todo para continuar el viaje; descendió del auto, preguntó en que podía ayudarme y sin esperar a que se lo pidiera o se lo impidiera, se ensució las manos junto conmigo.  El calor y el esfuerzo nos habían agotado, así que tomó una botella de agua del auto y me la ofreció para que bebiera, después empapó una franela y con ella refrescó mi frente. El percance nos había retrasado, y nos retrasamos más por tener que circular con la llanta de emergencia por un par de cientos de kilómetros, pero nos lo tomamos con calma y tras charlar hasta desgastar las palabras nos pusimos a cantar hasta que hubimos llegado a Acapulco, nos hospedamos en un hotel de cinco estrellas, dormimos un rato, nos duchamos y nos fuimos de fiesta toda la noche. En algún momento me hizo saber que el sitio no le agradaba, que era demasiado turístico para su gusto así que al día siguiente, con la resaca aún a cuestas enfilamos hacía el sur hasta llegar a Puerto Escondido, el paraíso de los surfistas y el nudismo, rentamos una suite en una cabaña con techo de palma frente al mar y nos quedamos allí un par de días, después enfilamos hacía Huatulco, donde pasamos otro par de días y después atravesamos la sierra con dirección hacía la ciudad de Oaxaca. El camino serpenteaba entre paisajes de bosque tropical de alta montaña, en que a veces nos encontrábamos mirando a la lejanía por encima de las nubes, y muy de vez en cuando cruzábamos algún caserío de chozas de madera.  El precipicio a un lado del camino y a veces alguna cascada en el lado opuesto. Era hermoso pero también peligroso, no por inseguro ya que al ser ruta de tráfio de estupefacientes uno encontraba retenes militares en algunos puntos y se cruzaba con convoyes en otros; era peligroso porque las curvas eran demasiado estrechas y aun yendo a no más de 60 kms las llantas chillaban, y los dos carriles a causa de la erosión y los deslaves, a veces se convertían en uno solo donde apenas cabía el auto y si alguien más venía en sentido opuesto había que esperar a que terminará de pasar para entonces pasar uno. La ciudad colonial de Oaxaca, donde llegamos muy cansados al anochecer merece un capítulo aparte. No conozco ciudad más indígena y a la vez más cosmopolita, mujeres gringas, europeas o escandinavas tomadas de la mano de un hombre indígena de pura cepa o viceversa, multiculturalidad, contracultura, interracismo, turismo y fiesta. Pasamos otro par de días allí, y ya de regreso a la ciudad de México nos quedamos otra noche en Puebla y lo que iba a ser un viaje de fin de semana se convirtió en un viaje de casi nueve días. Irena había venido a estudiar a México y pasado algún tiempo volvió a su patria, posteriormente la visité allá, y nos volvimos a encontrar un par de veces en las Islas Canarias y en Croacia; después dejamos de frecuentarnos; ella formó una familia y yo ahonde en mi vida de citadino ermitaño que mariposea en el amor de vez en cuando, pero fue tan profundo el vínculo que crearon los caminos entre nosotros que ocasionalmenteseguimos intercambiando comunicación y compartiendo logros o anécdotas  de nuestras vidas como grandes amigos. ¿Y ustedes qué me cuentan? ¿Alguien que comparta algún relato o anécdota de viaje? Por cierto ¿Sabían que según los lectores de la revista Travel+Leisure en lo que coincidieron los premios anuales Readers' Choice Awards ,  la ciudad mexicana San Miguel de Allende es la mejor ciudad del mundo para viajar? Así fue, por encima de Budapest, Florencia, Salzburgo, Charleston, Roma, Viena, Paris, Brujas, Praga... A mí me dio mucho gusto saberlo porque alguna vez fui con Irena y se enamoró de esa ciudad. Así es que si piensan viajar próximamente vengan a México y sobre todo, vayan a San Miguel de Allende. No se van a arrepentir.