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Unas reflexiones acerca de los que nos insultan…
Publicado 04/30/2017 03:18:49 por Pal_

El mejor procedimiento para vengarse de los malos es procurar no asemejarse a ellos.

 

Cuando alguno te haya ofendido por su descaro, pregúntate inmediatamente: «¿es posible que en el mundo no haya imprudentes? No; eso no es posible». No pidas, pues, lo imposible. Ese hombre es uno de esos imprudentes que necesariamente debe tener el mundo. En cuanto al trapacero, al traidor, en una palabra, al culpable, cualquiera que sea, hazte la misma reflexión. Acordándote de que es imposible que no existan gentes de esa especie, tendrás más indulgencia para cada uno de ellos. Es también de gran utilidad preguntarte, en primer lugar, qué virtud la Naturaleza ha dado al hombre para defenderse contra las faltas ajenas. Le ha dado, en efecto, la dulzura como preservativo contra la brutalidad y, por decirlo así, diversos antídotos, unos contra un defecto, otros contra otro. Después de todo, solo de ti depende poner en buen camino a quien está extraviado. Pues todo hombre que falta a su deber yerra el objeto de su vida: se ha equivocado de camino. Además, ¿en qué te ha podido perjudicar la ofensa? Piensa, y encontrarás que ninguno de los que han provocado tu indignación ha podido, a pesar de todo, alterar las cualidades de tu alma; y solo en eso consiste el verdadero mal y el daño. ¿Qué mal hay para ti o qué hay de extraño en que un hombre sin educación se comporte como el que no la tiene? Ten cuidado de no tener, más bien, que reprocharte a ti mismo el no haber esperado de tal hombre tal ofensa. Era una cosa probable; la luz de tu razón debía hacértelo presumir; sin embargo, por no haber pensado te extrañas de su falta. Sobre todo, cuando tienes que quejarte de la perfidia de un hombre o de su ingratitud, lanza una mirada sobre ti mismo. Pues, sin duda, falta tuya es haber creído que un hombre sin fe sería fiel, o haber tenido, al hacer el bien, otro objeto que hacerlo y gustar en el momento mismo todo el fruto de tu buena acción. Has prestado servicio a un hombre; está bien; ¿qué más quieres? ¿No te es suficiente haber obrado conforme a tu naturaleza? ¿Necesitas que te paguen? Es como si el ojo pidiese una recompensa porque ve, o los pies porque marchan. En efecto, lo mismo que esas partidas del cuerpo que han sido organizadas para un fin especial y que, obrando según su organización, no hacen más que la función que les es propia, lo mismo el hombre, habiendo sido creado para ser bienhechor, no hace sino las funciones de su organización particular cuando hace bien a alguien o contribuye a procurarle ventajas exteriores. Entonces habrá cumplido su misión.

 

El que peca, peca contra sí mismo; el que comete una injusticia se perjudica también a sí mismo, puesto que se convierte en un malvado.

 

A veces es uno tan injusto sin hacer nada como haciendo algo.

 

La falta ajena hay que dejarla donde está.

 

Aquello que nos indigna no son las acciones de los otros, pues tienen su principio en el espíritu que las guía; son nuestras propias opiniones. Suprime, pues, tu opinión; cesa con firme resolución de juzgar tus acciones como molestas para ti, y tu cólera se disipará. ¿Cómo suprimir tu opinión? Haciéndote este razonamiento: que nada hay en ellas que sea vergonzoso para ti. Luego el verdadero mal no consiste en hacer lo que nos cause vergüenza. Si fuese de otro modo, serías, a pesar tuyo, culpable de muchas faltas; podrías ser hasta un granuja o cualquier otra clase de malhechor.

 

¡Cuán mayor es el mal de la ira y el enfado suscitados por las acciones que otros nos hacen, que las mismas acciones que nos encolerizan y desazonan!

La dulzura es una fuerza invencible cuando es sincera, sin afectación y sin disfraz. ¿Qué te sucederá con el más insolente de los hombres si tú te propones tratarlo con dulzura; si, cuando el caso lo requiere, tú estás satisfecho de poder dar dulcemente buenos consejos y una sabia lección en el mismo momento que él se esfuerza en ultrajarte? «No, querido mío; nosotros hemos nacido para obrar de otra forma; no es a mí a quien engañarás, sino a ti mismo, querido amigo». Hazle comprender, pero con cuidado y en términos generales, que ahí es donde está la verdad, que ni aun las abejas y otros seres destinados a vivir en sociedad lo harían de ese modo. No obstante, no es preciso que esa lección tenga aire de burla, ni de insulto; debes darla con un tono afectuoso y sin aspereza; no como un maestro de escuela, ni por hacerte admirar de alguien de los que te rodean, sino como si estuvieras solo, aun cuando hubiera otros testigos.

 

Pretender que los malos no cometan ninguna falta es una locura, pues es querer lo imposible; por otra parte, admitir que sea para los otros lo malo que ellos tienen y querer que no cometan ninguna falta contigo es razonar como un insensato o como un déspota.

 

«¿Te ha dado algún motivo para pensar que ha cometido una falta?». Pregúntate: «¿es que estoy seguro de que es una falta?» Y si la falta es cierta, suponte que él ya se ha juzgado culpable y se ha castigado tan cruelmente como si se hubiese desgarrado la cara con sus propias manos. Desde luego, querer que el malo no cometa faltas es querer que la higuera dé otro fruto que no sea el higo, que los niños no lloren en la cuna, que el caballo no relinche, y de este modo de todo cuanto por necesidad tiene que suceder. ¿Qué es lo que podrá hacer un hombre en el que su corazón está tan gangrenado? Si puedes, cura su gangrena.

 

Si eso no es bueno, no lo hagas; no es verdad, no lo digas; tú eres quien debes juzgarlo.

 

 

Marco Aurelio 



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