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PUBLICADO POR: Teseo_ on 05/28/2015 16:58:10


Fue por encargo de mi tío - a quien en ese tiempo ayudaba en sus negocios para ganarme unos pesos que me ayudaran con mis estudios – quien con total discreción me llamó a su despacho y me hizo saber que me tenía un encargo que implicaba cierto riesgo, pero dada la importancia que para él representaba y la confidencialidad requerida, sólo a mí podría encomendarlo.  

—Llégate de madrugada al rancho. Lucio va a tener listo un carro y te va a dar instrucciones de a donde tienes que dirigirte. Y por favor. ¡shhhtttt! Ni una palabra a nadie,  y mucho menos al santurrón de tu padre, que ya sabes cómo se pone.

—Dónde cree que le voy a contar a  mi padre, tío, si al primero que le arrimaría un par de riatazos es a servidor.

—Bueno, pues ten mucho cuidado, que es capaz de cosernos a riatazos a los dos. Ándate a descansar para que te levantes temprano. Te acomodé una cama en el desván y le mandé decir a tu padre que no te espere, que nos toca hacer inventario.

Me levanté muy de madrugada y me dirigí al rancho y cómo había dicho mi tío, Lucio ya tenía listo un coche al que le habían quitado una fila de asientos para que pudiera traer el “encargo”. Los mejores caballos del rancho y quizá de la región, uno retinto y el otro alazán estaban ya atados al coche, y que mi tío hubiera elegido precisamente a esos caballos, me dio una idea de lo importante que para él era este “encargo”. También me entregaron una canasta de comida, que me indicó que mi viaje consumiría todo el día y quizá bien entrada la noche, y un mapa con instrucciones precisas de hacía donde debía dirigirme.

—Mucha discreción, joven —me dijo Lucio— y si se encuentra con los cristeros, dígales que va a la hacienda de la Goleta, a atender unos negocios de su tío, que aunque no le quieren bien, todavía le temen y lo respetan.

—Así lo haré, Lucio—Agregué un poco fastidiado de tanta recomendación, como si fuera yo… o más bien, como si siguiera siendo el chiquillo irresponsable que habían conocido.

Me dirigí entre valles y montañas, crucé riachuelos y caminos franqueados por milpas que apenas dejaban ver las lomas más altas. Pasé por el valle del tuerto, y baje por la barranca de Arroyo Seco rodeando la presa ... botaneando a veces de la canasta que me habían puesto y siempre apegado a las instrucciones del mapa. Pasé, como indicaba mi coartada, por la hacienda de La Goleta, que estaba en la falda de una loma en la que un poco más arriba  empezaba un tupido bosque. Aproveché la sombra y la hermosa vista en la parte arbolada de la hacienda para degustar las viandas que me habían puesto. Después de descansar un poco los alimentos, me interné en el bosque, y anduve por veredas donde apenas entraba el carro, y donde no pude evitar pensar que en temporada de lluvias hubiera sido imposible recorrer esos caminos.

Llegué finalmente a la cruz en el mapa, que entonces supe, era una cabaña muy escondida y muy bien puesta y donde Pochita, la criada más vieja y más confiable de mi tío ya me estaba esperando.

­—Pasa, niño, pasa. ¿Has comido ya, o quieres que te prepare algo? — me dijo con el tono solicito y maternal que le conocía de siempre.

—He comido apenas, Pochita, me pusieron itacate, mejor vamos al negocio que me trajo, que entre más pronto emprenda el camino de regreso, tanto mejor.

—Anda pues, pero recuérdame que te ponga unas tortillas para el camino, que las tengo recién hechas.

Me llevó a una habitación que habían habilitado como biblioteca, y tras dar vuelta a varias cerraduras, Pochita me mostró un gran baúl y me dijo que tenía que llevarlo a casa del doctor Cárdenas, donde ya estaban enterados. Cuando intenté levantar el baúl, me fue imposible.

—Pues qué han echado dentro. ¿Un muerto? —sugerí en plan de broma, que a Pochita no le hizo ninguna gracia.

—Espera, espera… Ya viene “tortita” para ayudarte a ponerlo en el carro— “tortita de barro” era el apodo completo, y pertenecía a un negro de gran calado y mediana edad, que estaba con mi tío desde que era un crío, cuando apareció vagando por el monte. La primera vez que apareció en la hacienda en calidad de “adoptado”, el tono de su piel había oscurecido más allá de su natural color por los efectos de la mugre por lo que en seguida mi tío ordenó “lleven a bañar a este muchacho, que parece una tortita de barro”. Jamás me enteré de su nombre, ni creo que se haya enterado nadie. Todos lo conocíamos por su apodo, y él mismo le había cogido tanto cariño, que cuando le preguntaban su nombre pedía que lo llamarán así —  Y si te regresas pronto, ve despacio, ya que tu tío prefiere que llegues a casa del doctor ya avanzada la noche.

Vino “tortita de barro” y no sólo me ayudó con el baúl, sino que casi lo levantó él sólo. Lo puso en el carro, justo en la parte donde habían quitado una fila de asientos y luego de asegurarse que estuvieran bien puestos los candados, lo camufló con una manta para que más que un baúl, pareciera un asiento improvisado. Mientras se aseguraba de que los candados estuvieran bien cerrados, lo miré a los ojos con una mirada curiosa que podría interpretarse como un ¿Qué hay dentro?, a lo que respondió con una mirada malhumorada que sólo podía interpretarse como un ¡Qué te importa!

Sabiendo que tenía que hacer largo el camino de regreso, aproveché para comerme unas tortillas untadas con salsa de las que Pochita acababa de sacar del comal. Me harté de agua de limón con chía y emprendí el camino de regreso dormitando por los efectos del “mal del puerco” por tanto que había comido. Sabía que podía confiar en el instinto de los caballos para evitar perdernos y cuando desperté, ya casi había anochecido. 


Continuará... (tal vez)




PUBLICADO POR: Teseo_ on 06/04/2015 03:14:48


Cuando desperté caí en la cuenta que los caballos no habían tomado el camino más conveniente. Al sentirse a su libre albedrio se habían dirigido por los valles donde había mejor pastura en vez de tomar el camino más corto. Quise enfadarme con ellos pero no tenía ningún caso, así que decidí esperar a que se hartaran de comer tal como me había hartado yo, y puesto que la ventaja de tiempo que llevaba al partir se había consumido con ese rodeo,  tendríamos que cortar camino por la presa de san José y para acabarla de chingar, se estaba formando una tormenta que podría alcanzarnos antes de cruzar la presa.  

Según cuentan los viejos, haces muchos años las tribus originales construyeron la represa que contendría la presa que surtiría de agua a toda la región, pero cada temporada de lluvias la presa crecía hasta reventar la represa, por lo que cada año había que reconstruirla. Acudieron los dirigentes de las comunidades a pedir consejo al chaman, y este les dio la solución un tanto macabra de enterrar niños vivos en la parte donde la represa se levantaría como un tributo al dios de la lluvia. Así lo hicieron y los niños elegidos fueron honrados y homenajeados como héroes y posteriormente sacrificados en la forma en que había recomendado el brujo. La represa no volvió a colapsar. Se alzaba frente a mí, con la robustez que le daba el macabro cimiento que le habían puesto, pero no es bueno cruzar por ese paso cuando llueve, porque suele escucharse, mezclado con el aullar del viento y el chapotear de la lluvia, el llanto de los niños que fueron enterrados en ese sitio.

No es que me asustara escuchar el llanto de los niños, pues total, qué podrían hacerme, pero mi tío podría enfadarse si los caballos enfermaban por haber comido de más así que azucé a los caballos para que emprendieran el viaje y conforme iba subiendo la brecha que daba a un precipicio que terminaba en la profundas y frías aguas de la presa muchos metros más abajo, recordé la leyenda y mi corazón empezó a latir con mayor fuerza y frecuencia, y no piense el lector que era miedo, no, para nada, era de pena por pensar en la tragedia de esos pobres niños, así que azucé un poco más fuerte a los caballos hasta que estos cogieron un ritmo casi tan vertiginoso como el del tambor que golpeteaba dentro de mi pecho.  El carro crujía ante los zangoloteos a que iba sometido, y de vez en cuando alguna piedra arrojada por las ruedas del carro caía por el desfiladero y terminaba en el agua de la presa haciendo patente el destino a que un mal paso podría condenarnos.

Afortunadamente logramos atravesar antes de que la lluvia emparejara nuestro paso y sin más incidente que algunos magullones en el cuerpo. El resto del camino transcurrió en aparente calma. Atravesamos el puente del río chiquito e íbamos por las faldas del Mogote, cuando vi algo que parecía un retén algunos cientos de metros más adelante. Eran varios hombres a caballo fuertemente armados. ¡Lo que me faltaba. Los pinches cristeros! Pensé, pero no había nada que pudiera hacer en ese momento pues ellos también habían advertido mi presencia y para cualquier lado que me desviara podrían alcanzarme en sus monturas sin ningún problema. Seguí de frente hasta que un tronco me impidió el paso. Los hombres salieron de entre las zanjas y arbustos haciéndome ver que me tenían rodeado.

—Qué pues, señores, a que se debe que me corten el paso. Les advierto que no llevo dinero encima, ni ninguna cosa de valor que pueda servirles — dije con una mezcla de disimulo y provocación.

—No te hagas wey, pinche Matías, desde cuándo los guardianes de las buenas costumbres somos salteadores de caminos - El de la voz que había hablado me conocía y yo también había reconocido su timbre—si nomás vamos a revisar que llevas.

­—!Ah chinga! ­— Husmee el rostro de quien había hablado y me di cuenta que coincidía perfectamente  con el timbre de voz que había reconocido. Era Filemón, un pobre diablo del pueblo cuyo único mérito era haberse enrolado en las tropas cristeras y ser uno de más fieles guardianes de la Campaña Nacional Moralizadora  — ¿Qué pues Filemón, qué andas haciendo tan lejos del terruño y tomándote atribuciones que no te corresponden?.

­— Te equivocas, Matías, velar por la moral de estas tierras que hemos arrancado al reino de la perdición sí me corresponde.

— Ustedes no son autoridad ni tienen porqué poner retenes en el camino. Ya verán que ahora que el gobierno recupere la región los van a llevar a juicio. Van a pagar por estas arbitrariedades.

— A mí el único juicio que me amedrenta es el Juicio Final - agregó Filemón persignándose con devoción. Gesto que fue imitado por sus subalternos- y la de Dios nuestro señor  es la única autoridad que reconozco.

—Tú no reconoces más autoridad que la de los curas, pero te advierto que mejor me dejas seguir mi camino o...

— ¿O qué, cabrón? ¿Me vas a acusar con tu tío? Acúsame pues, pero de todos modos vamos a revisar la pinche carreta.

— Revisar !Madres! No le busques, Filemón, porqué todo lo que hay en la carreta pertenece a mi tío y no le va a gustar nada que metas las narices en sus asuntos—agregué con toda la fiereza que me fue posible aparentar.

— A ver, Leandro. Revisa que lleva dentro — dijo Filemón a uno de sus subalternos que se asomó dentro de la carreta sin muchas ganas.

— No se ve nada jefe.

— Revisa bien, wey, Asómate debajo de los asientos.  

- Ahh chinga, pues sí -Leandro hizo una revisión más exhaustiva. Levantó las mantas que disimulaban el baúl y se encontró con los candados que había puesto "tortita de humo". ­— hay un baúl, pero está bien acerrojado, jefe.

— ¿Qué llevas allí cabrón?

— Son bienes de valor propiedad de mi tío.

—¿Y por qué dijiste que no llevabas nada de valor?

—Porque pensé que eran ladrones, pero ya sabiendo que son los guardianes  de la  moral quienes me detuvieron...

—A ver, Benjamín. Ábrelo. Este wey me quiere ver la cara de pendejo — Dijo a otro de sus subalternos y luego se dirigió nuevamente a mí - Con lo libertino que es tu tío, seguro que llevan alcohol y ya sabes que la Campaña Nacional Moralizadora no lo permite.

—¿Y cómo lo abro jefe, si está bien amachinado?­­— replicó Benjamín buscando evadir el mandato.

—Pues a balazos, a putazos o a mordidas...  !como prefieras pero ábrelo cabrón!. — dijo Filemón a Benjamín alzando la voz.

— Les advierto que si algo de lo que viene allí se pierde, ustedes tendrán que responder — dije alejándome de la carreta para dejarles el paso libre; apostando todo a una seguridad que estaba muy lejos de sentir.  

— Mejor no, jefe, yo no quiero tener problemas con don Eusebio — dijo Benjamín acalambrado, entonces Filemón le hizo una señal a Leandro pero este también se hizo tarugo, haciéndole ver con su gesto que él tampoco quería tener problemas con mi tío.

— !Pinches Putos!  pero me las van a pagar, voy a reportar este incidente con el alto mando -agregó lleno de furia a sus subalternos y luego se dirigió nuevamente a mí —  Y tú... sácate a la chingada  pinche Matías, sigue tu camino, pero te advierto que tú y yo estamos entrados.

­—Estamos entrados, pues... pero, ¿podrían quitar el tronco para que pueda seguir?

—Quítalo tú, cabrón. No somos tus gatos.

Tuve que desenganchar uno de los caballos para arrastrar el tronco fuera del camino. Una vez conseguido y con el retraso tan grande que ya tenía acumulado, seguí el tramo que faltaba a paso veloz pero satisfecho hasta el punto de la alegría por haber resguardado la integridad del encargo de mi tío y haber hecho pasar un mal rato al mamón de Filemón.


...


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PUBLICADO POR: Teseo_ on 06/04/2015 18:20:13



Gracias, Vikinga y Mujer por leerme. Ya seguiremos con el cuento cuando las ocupaciones nos den una tregua.

Saluditos.

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PUBLICADO POR: Teseo_ on 08/04/2015 13:38:07


!Ops!


Perdón que no he seguido con la historia, pero entre la vida, las ocupaciones y unas merecidas vacaciones que me he tomado... pero prometo ponerme al corriente con la historia a la brevedad.


Gracias nuevamente, Vikinga.

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PUBLICADO POR: Teseo_ on 02/15/2016 01:22:46



Una vez que hube rodeado el mogote comencé el descenso de la sierra hasta que estuve en el valle donde dormitaba mi pueblo, pero en vez de adentrarme en él, seguí las instrucciones al pie de la letra y rodee por los bosques de las faldas de la sierra. Allí era más fácil perder mi rastro.

Era ya de madrugada cuando divisé las luces del rancho del doctor Cárdenas. Después de tanto sobresalto, mi corazón entró en calma al cruzar la barda de piedra que delimitaba el predio. La reja estaba abierta  y habían dejado encendida una de las antorchas que franqueaban el paso y que se apoyaban sobre los pilares de piedra que sostenían un  dintel que ostentaba grabado en piedra el nombre de la finca “El charco de los sapos”  y por encima de este también grabado en piedra, el escudo de armas de la familia Cárdenas.

Crucé los huertos y jardines de la finca, di vuelta en la rotonda y como me habían indicado, me dirigí a un edificio lateral de ladrillo rojo, que estaba apartado de la casa principal por un estanque y medio centenar de metros. El edificio era utilizado como almacén en su planta baja y como estudio y biblioteca en la parte alta, que era donde debía dejar el encargo. En ese instante recordé la voz de Lucio con las indicaciones precisas.

Cuando llegues empuja la puerta, va a estar nomás entrecerrada, coge la lámpara que está apenas entrando a tu mano izquierda, luego sigue de frente hasta encontrar la escalera, sube y métete en la segunda puerta, deja allí el baúl y vete a tu casa.

Entré sin problemas. Tomé la lámpara de petróleo y regresé a sacar el baúl del coche. Me costó mucho bajarlo y pude imaginar que más me costaría subirlo. No me equivoqué. Improvisando un malacate con una soga, había batallado mucho para llegar al primer descanso, así que me senté sobre el baúl en lo que recuperaba fuerzas para subir la mitad que faltaba. Recordé la posibilidad de que el cofre contuviera un muerto y me levanté como impulsado por un resorte. Mire hacia arriba y busqué la segunda puerta para medir la distancia que me faltaba recorrer. Por suerte ya no era tanta. De pronto percibí  que la primera puerta se movió levemente, como si alguien hubiera estado espiándome desde la abertura y al mirar yo hacia ese punto se sintiera descubierto y la cerrara. Mi corazón volvió a latir con fuerza. ¿Había alguien allí o fue mi imaginación? ¿Qué estaba haciendo yo sentado sobre el baúl que podía llevar un muerto? ¿Debía ir a investigar si había algo o alguien en la primera puerta o debía salir corriendo? Un montón de preguntas asaltaron mi mente y estuve a punto de fracasar en mi misión y huir, pero me armé de valor, tomé la lámpara y temblando me dirigí a la puerta. La empujé despacio y sentí una leve resistencia, como si alguien empujara desde adentro. Tire con más fuerza y en cuanto cedió la puerta, adelante mi brazo con la lámpara para mirar en el interior. Lo primero que alumbró la lámpara fue una melena rubia, luego pude ver un rostro pálido de facciones muy finas, y finalmente pude reconocer a la hija del doctor, a la que conocía de vista pero con quien nunca había hablado.

¡Demonios! Qué susto me has dado. Exclamé con el alma de regreso en mi cuerpo ¿Qué haces aquí?

­Eso debería preguntarte yo. Aquí vivo. Es la casa de mi padre­ contestó con una voz de dulce timbre y modulada, pero cargada de energía y prepotencia. Sabía que se llamaba Ana. Era una chica hermosa, de apariencia etérea e inteligencia desbordada. Su buena posición, su destacada educación y el saberse sobradamente bella le otorgaban un aire de suficiencia que lindaba en la soberbia.

­­— Sé muy bien de quien es esta casa y sé quién eres, lo que quise decir es que… bueno… no son horas.

— ¡Correcto, caballero! No son horas de fisgonear en casa ajena ­— La forma en que dijo esto último me hicieron sentir que se estaba burlando de mí, por lo que respingue en seguida.

— No estoy fisgoneando, soy sobrino de Eusebio Meneses, gran amigo de tu padre y por encargo de ambos es que estoy aquí.

Tras una risita burlona que me hizo avergonzar aún más agregó — Sé quién eres y a qué vienes…

—¿Cómo es que sabes, si se supone…?

—No debería saberlo, pero una que anda en todo, de todo se entera — Dijo con presunción que delataba que solía escuchar tras bambalinas — y si tú no dices que estuve aquí a altas horas de la noche, yo no diré que estabas haraganeando en lugar de cumplir con el encargo.

—Ningún haraganeando — agregué ofendido— solo estaba tomando fuerzas, así que dile a quien quieras.

Hagamos un trato, si tú no dices que me has visto, te ayudaré a subir los peldaños que faltan —Esa era una proposición que no podía rechazar, así que extendí la mano para signar el pacto estrechando la suya, pero ya había girado sobre sus talones y se dirigió al baúl agregando con sorna ­— Pues manos a la obra, gandul, que no tenemos toda la noche.

 Volvía a colocarme el malacate y tiré desde arriba mientras ella empujaba desde abajo. Una vez que colocamos el cofre en su lugar le agradecí su ayuda y le pregunté qué hacía allí tan tarde.

— Pues… te cuento, no podía dormir y he venido a tocar el piano que tenemos en la pieza contigua, me pasa seguido pero tengo que hacerlo a escondidas porque a mi papá no le gusta que trasnoche… así que te agradeceré que no le digas nada y ahora…  — se quedó pensando y me miro con malicia —secreto por secreto, dime qué hay allí dentro.

Me encogí de hombros y agregué —Si supiera te lo diría pero no tengo la más remota idea — Se me quedó mirando con ademán de “no te creo” así que agregué — Es en serio, y te juro que al igual que tú se me queman las habas por saberlo.

— Pues…–Se quedó pensando y otra vez distinguí el brillo de malicia en su mirada— hagamos otro trato, yo sé que tu tío le entregó las llaves a mi padre y he visto donde las tiene— si vienes mañana podemos abrir el baúl y salir de dudas.

— De ningún modo.

— Mañana también tocaré el piano y si vienes puedes escucharme.

No debemos…

—He estado practicando el primer movimiento de Rachmaninoff y ya me sale muy bien.

Uhm

Lo haría yo sola pero — calló, pero leí en su mirada que le daba miedo y yo la entendí, también a mí me daba miedo abrir el baúl. La curiosidad y el deseo de oírla tocar el piano pudo más que mi sensatez y buen juicio — Trato hecho—agregué— pero que quede entre nosotros pues si se entera mi tío… no quiero ni pensarlo. ­— y esta vez sí nos estrechamos la mano para sellar el pacto

En eso quedamos y a la noche siguiente esperé escondido entre los arbustos de la finca hasta ver la señal en que habíamos convenido. La lámpara de la habitación donde estaba el piano, se apagó y encendió dos veces. Entré en el edificio, y mientras iba subiendo la escalera ella salió desde la habitación del piano y fue a mi encuentro para poner las llaves en mis manos. De allí nos dirigimos a la biblioteca y nos quedamos mirando el cofre en silencio un buen rato. Me volví y la interrogué con la mirada, ella movió la cabeza en señal afirmativa, me incliné y lentamente empecé a retirar los candados que custodiaban el tesoro. Al terminar con los candados ella se acercó a ayudarme a levantar la tapa.

Una vez la tapa abierta y la carga expuesta, Ana y yo volteamos a mirarnos. Estábamos estupefactos.  No había un muerto, ni bebidas, ni siquiera contrabando…y entonces ¿qué pedo?. Después de un rato, y como casi siempre, ella fue la primera en hablar.

— ¿Y por esto tanto arguende?

Son libros — dije yo con incredulidad.

Claro, menso, ni modo que piedras — La mire simulándome ofendido y ella se disculpó con una sonrisa.

Pues pesaban como piedras, dije mientras extraía el primer tomo que tuve a mano y miraba en su costilla.

Poemas Lésbicos. Charles Baudelaire – leí en voz alta — luego tomé otro — Justine. Marqués de Sade — y otro más — “Trópico de Cáncer” de Henry Miller — ¿Te das cuenta? — íbamos de asombro en asombro y cuando hube mirado una docena de libros, ambos estábamos perplejos — “El Amante de Lady Chatterley”… — Y así como yo, ella iba cayendo en cuenta del disoluto tesoro literario que teníamos enfrente y finalmente habíamos entendido el porqué de tanto sigilo y el porqué era delicado que fuéramos sorprendidos por la Liga Mexicana por la Decencia. Miller, Anais Nin, Ovidio, Arcipreste de Hita, Bocaccio, Choderlos de Laclos, de la Bretonne… la colección  de libros prohibidos más extensa que jamás había visto estaba ante nosotros y nosotros habitábamos lo que entonces era el corazón del territorio cristero. No quiero ni imaginar lo que hubiera pasado de haber sido descubierta en el retén. Seguramente habríamos juzgados por algún tribunal eclesiástico. Ana había tomado “La historia del ojo” de Bataille  y comenzaba a ojearlo y al percatarme de ello se lo arrebaté bruscamente.

Qué te pasa? — Preguntó enfadada.

No son lecturas apropiadas. Es más, aquí y ahora incluso es un delito.

¿Y en qué momento te volviste en el representante de la liga?

Es cierto que no soy nadie para prohibirte nada pero puesto que son los libros de mi tío y él los ha puesto bajo mi custodia…

Estás equivocado. Son un regalo de tu tío para mi padre —Me volvió a arrebatar el libro y ante mi incredulidad agregó—Si no me crees, pregunta — Cuando dijo esto con la soberbia que la caracterizaba y el desparpajo que le daba la educación liberal que había recibido, ya estaba ojeando nuevamente el libro.

No está bien que leas textos de adultos.

Ya lo soy.

Apenas recién… pero aunque lo seas, no son apropiados para una señorita, mejor cumple nuestro acuerdo y toca el piano…

¿También te has vuelto cristero y vas a censurarme? Se me ocurre algo mejor. Hagamos otro trato. Tú leerás un poco para mí con lo que me evitarás lecturas inapropiadas, y yo a cambio tocaré el piano para ti.

No voy a dejar que me envuelvas otra vez en tus tratos, ya hemos ido demasiado lejos al abrir el baúl sin permiso — Dije tajante y decidido a no involucrarme en ese juego y esta vez estaba más que  resuelto a no ceder.

 

A la noche siguiente le estaba leyendo algún capítulo de la Lozana Andaluza y hubo un pasaje dónde no pude evitar asociarla y ella se dio cuenta por el tono de voz que adquirí en ese momento:

“Ella tenía gran ver e ingenio diabólico y gran conocer, y en ver un hombre sabía cuánto valía, y qué tenía, y qué le podía dar, y qué le podía ella sacar. Y miraba también cómo hacían aquellas que entonces eran en la cibdad, y notaba lo que le parecía a ella que le había de aprovechar, para ser siempre libre y no sujeta a ninguno, como después veremos…”

 A los dos nos hizo gracia y nos reímos. Poco más tarde ella estaba tocando el piano para mí. En una ocasión en que ella interpretaba una pieza que no pude distinguir si era rapsodia, movimiento o si estaba improvisando, me dejé llevar por la música, y mientras ésta iba construyendo su arquitectura de sonidos en el tiempo, venían a mi mente fragmentos de nuestras lecturas que iba recitando mientras ella tocaba. Eran frases sueltas sin ningún sentido pero que al ser engarzadas por la música parecían adquirirlo en la voluptuosidad del instante que se desvanecía, sólo para dar paso a la siguiente andanada de notas…

Nos fue la noche entonces, un lago cristalino donde aguardaban sumergidas las palabras y la música, y mientras yo me sumergía en busca de una frase, ella hacía lo propio en busca del compás que redondeara el acorde que acababa de tocar…

Y escuchándola citaba algún pasaje de memoria:

“La lluvia caliente caía por fin en torrentes y nos bañaba todo el cuerpo enteramente expuesto a su furia. Grandes truenos nos quebrantaban y aumentaban cada vez más nuestra cólera, arrancándonos gritos de rabia, redoblada cada vez que el relámpago dejaba ver nuestras partes sexuales.”

Vino luego una fanfarria que onduló la oscuridad y vi sus manos, rasguñando el teclado cual si trajinaran sus manos por mi espalda…

Generalmente citaba e, pasaje o poema que la música evocaba en mi memoria:

“Lesbos, donde los besos son como cascadas
Que se vuelcan sin temor en los abismos insondables,
Y corren, sollozantes y cacareantes, a borbotones,
Tempestuosos y secretos, hormigueantes y profundos;
¡Lesbos, donde los besos son como las cascadas!”

Vino un Vivace, caprichoso como el carácter de la intérprete, quien al ir tocando se derramaba en música… y con cada caricia de sus manos al marfil, impregnaba las notas con su tacto, se montaba en el aire y se acercaba a mí para también acariciarme, a veces con un acorde dominante y otras con una octava descendente…

Me di cuenta que había memorizado gran cantidad de frases y seguía recitándolas:

“Se dejó besar durante largo tiempo en la frente y en los ojos, y una de sus manos resbaló por casualidad sobre mi pierna y, mirándome con los ojos muy abiertos, me acarició antes de retirarla, por encima del traje, con un gesto ausente.”

Ya no sé si la miro al escucharla o a través del sonido la imagino.  Veo sus dedos sagaces que al teclado son tibios sobre dulces; su silueta en la sombra que entona algún preludio de placeres ocultos, de labios y de lenguas entre playas secretas, cimas lácteas y un vientre de frondosas espesuras, magma lunar en celo…

Era ella improvisando y yo citando y recitando:

“A muchos el universo les parece honrado; las gentes honestas tienen los ojos castrados. Por eso temen la obscenidad. No sienten ninguna angustia cuando oyen el grito del gallo ni cuando se pasean bajo un cielo estrellado. Cuando se entregan ‘a los placeres de la carne’, lo hacen a condición de que sean insípidos.”

Nuestra rapsodia o movimiento no tuvo nada de insípido. Yo trasgredí su pureza con palabras y ella me quebrantó al estremecerme con su música, en una complicidad que encerraba amistad, contemplación, arte y erotismo.

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09/22/2017



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