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Este amor tan...
Publicado 05/07/2017 22:24:46

ESTE AMOR

 

Este amor

Tan violento

Tan frágil

Tan tierno

Tan desesperado

Este amor

Bello como el día

Y malo como el tiempo

Cuando hace mal tiempo

Este amor tan verdadero

Este amor tan hermoso

Tan feliz

Tan alegre

Y tan irrisorio

Temblando de miedo como un niño en la oscuridad

Y tan seguro de sí mismo

Como un hombre tranquilo en medio de la noche

Este amor que daba miedo a los otros

Que les hacía hablar

Que los hacía palidecer

Este amor acechado

Porque lo acechábamos

Acosado herido pisoteado rematado negado olvidado

Porque lo acosamos herimos pisoteamos rematamos negamos olvidamos

Este amor íntegro

Tan vivo aún

Y soleado

Es el tuyo

Es el mío

Ese que ha sido

Ese algo siempre nuevo

Y que no ha cambiado

Tan verdadero como una planta

Tan tembloroso como un pájaro

Tan cálido tan vivo como el verano

Juntos podemos los dos

Ir y venir

Podemos olvidar

Y después volvernos a dormir

Despertarnos envejecer sufrir

Volvernos a dormir

Soñar con la muerte

Despertarnos sonreír y reír

Y rejuvenecer

Nuestro amor sigue allí

Empecinado como un borrico

Vivo como el deseo

Cruel como la memoria

Ridículo como los arrepentimientos

Tierno como los recuerdos

Frío como el mármol

Hermoso como el día

Frágil como un niño

Nuestro amor nos mira sonriendo

Nos habla sin decir nada

Y yo lo escucho tembloroso

Y grito

Grito por ti

Grito por mí

Te suplico

Por ti por mí por todos los que se aman

Y los que se han amado

Si le grito

Por ti por mí y por todos los demás

Que no conozco

Quédate

Allí donde estas

Donde estabas antes

Quédate

No te muevas

No te vayas

Nosotros los que somos amados

Te hemos olvidado

Pero tú no nos olvides

Sólo te teníamos a ti sobre la tierra

No dejes que nos volvamos fríos

Aunque sea cada vez desde más lejos

Y desde donde sea

Danos señales de vida

Mucho más tarde desde el rincón de un bosque

En la selva de la memoria

Surgiendo de repente

Tiéndenos la mano

Y sálvanos.



LAS HOJAS MUERTAS

 

Ah, yo quisiera tanto que tú te acordaras

De los días felices donde nosotros éramos amigos

En ese tiempo la vida era más bella

Y el Sol brillaba más que los días

Las hojas muertas se rastrillan hacia los desperdicios

-Tú sí, yo no he olvidado

Las hojas muertas se rastrillan hacia los desperdicios

Los recuerdos y lamentos también

El viento del norte los transporta

Hacia la noche fría del olvido

Y yo, no he olvidado

La canción que tú me cantabas

Es una canción que nos reúne

Yo te amé, tú me amaste

Vivimos juntos

Amándonos, amándonos

Pero la vida separa a aquellos que se aman

Tiernamente, sin hacer ruido

Y el mar borra sobre la arena

Los pasos de los amantes que se separan!



PARA TI MI AMOR

 

Fui al mercado de pájaros

Y compré pájaros

Para ti

amor mío

Fui al mercado de flores

Y compré flores

Para ti

amor mío

Fui al mercado de hierros viejos

Y compré cadenas

Pesadas cadenas

Para ti

amor mío

Y después fui al mercado de esclavos

Y te busqué

Pero no te encontré

amor mío



Poemas de Jacques Prévert


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Etiquetas: Poesía Poemas Prevert Pal_


El poema más duro y más triste que jamás se haya escrito...
Publicado 05/03/2017 18:45:48

ALGO SOBRE LA MUERTE DEL MAYOR SABINES


(PRIMERA PARTE)


I

Déjame reposar,

aflojar los músculos del corazón

y poner a dormitar el alma

para poder hablar,

para poder recordar estos días,

los más largos del tiempo.

Convalecemos de la angustia apenas

y estamos débiles, asustadizos,

despertando dos o tres veces de nuestro escaso sueño

para verte en la noche y saber que respiras.

Necesitamos despertar para estar más despiertos

en esta pesadilla llena de gentes y de ruidos.

Tú eres el tronco invulnerable y nosotros las ramas,

por eso es que este hachazo nos sacude.

Nunca frente a tu muerte nos paramos

a pensar en la muerte,

ni te hemos visto nunca sino como la fuerza y la alegría.

No lo sabemos bien, pero de pronto llega

un incesante aviso,

una escapada espada de la boca de Dios

que cae y cae y cae lentamente.

Y he aquí que temblamos de miedo,

que nos ahoga el llanto contenido,

que nos aprieta la garganta el miedo.

Nos echamos a andar y no paramos

de andar jamás, después de medianoche,

en ese pasillo del sanatorio silencioso

donde hay una enfermera despierta de ángel.

Esperar que murieras era morir despacio,

estar goteando del tubo de la muerte,

morir poco, a pedazos.

No ha habido horamás larga que cuando no dormías,

ni túnel más espeso de horror y de miseria

que el que llenaban tus lamentos,

tu pobre cuerpo herido.


II

Del mar, también del mar,

de la tela del mar que nos envuelve,

de los golpes del mar y de su boca,

de su vagina obscura,

de su vómito,

de su pureza tétrica y profunda,

vienen la muerte, Dios, el aguacero

golpeando las persianas,

la noche, el viento.

De la tierra también,

de las raíces agudas de las casas,

del pie desnudo y sangrante de los árboles,

de algunas rocas viejas que no pueden moverse,

de lamentables charcos, ataúdes del agua,

de troncos derribados en que ahora duerme el rayo,

y de la yerba, que es la sombra de las ramas del cielo,

viene Dios, el manco de cien manos,

ciego de tantos ojos,

dulcísimo, impotente.

(Omniausente, lleno de amor,

el viejo sordo, sin hijos,

derrama su corazón en la copa de su vientre.)

De los huesos también,

de la sal más entera de la sangre,

del ácido más fiel,

del alma más profunda y verdadera,

del alimento más entusiasmado,

del hígado y del llanto,

viene el oleaje tenso de la muerte,

el frío sudor de la esperanza,

y viene Dios riendo.

Caminan los libros a la hoguera.

Se levanta el telón: aparece el mar.

(Yo no soy el autor del mar.)


III

Siete caídas sufrió el elote de mi mano

antes de que mi hambre lo encontrara,

siete veces mil veces he muerto

y estoy risueño como en el primer día.

Nadie dirá: no supo de la vida

más que los bueyes, ni menos que las golondrinas.

Yo siempre he sido el hombre, amigo fiel del perro,

hijo de Dios desmemoriado,

hermano del viento.

¡A la chingada las lágrimas!, dije,

y me puse a llorar

como se ponen a parir.

Estoy descalzo,me gusta pisar el agua y las piedras,

las mujeres, el tiempo,

me gusta pisar la yerba que crecerá sobre mi tumba

(si es que tengo una tumba algún día).

Me gusta mi rosal de cera

en el jardín que la noche visita.

Me gustan mis abuelos de totomoste

y me gustan mis zapatos vacíos

esperándome como el día de mañana.

¡A la chingada la muerte!, dije,

sombra de mi sueño,

perversión de los ángeles,

y me entregué a morir

como una piedra al río,

como un disparo al vuelo de los pájaros.


IV

Vamos a hablar del Príncipe Cáncer,

Señor de los Pulmones,Varón de la Próstata,

que se divierte arrojando dardos

a los ovarios tersos, a las vaginas mustias,

a las ingles multitudinarias.

Mi padre tiene el ganglio más hermoso del cáncer

en la raíz del cuello, sobre la subclavia,

tubérculo del bueno de Dios,

ampolleta de la buena muerte,

y yomando a la chingada a todos los soles delmundo.

El Señor Cáncer, El Señor Pendejo,

es sólo un instrumento en las manos obscuras

de los dulces personajes que hacen la vida.

En las cuatro gavetas del archivero de madera

guardo los nombres queridos,

la ropa de los fantasmas familiares,

las palabras que rondan

y mis pieles sucesivas.

También están los rostros de algunas mujeres,

los ojos amados y solos

y el beso casto del coito.

Y de las gavetas salen mis hijos.

¡Bien haya la sombra del árbol

llegando a la tierra,

porque es la luz que llega!


V

De las nueve de la noche en adelante

viendo la televisión y conversando

estoy esperando la muerte de mi padre.

Desde hace tres meses, esperando.

En el trabajo y en la borrachera,

en la cama sin nadie y en el cuarto de niños,

en su dolor tan lleno y derramado,

su no dormir, su queja y su protesta,

en el tanque de oxígeno y las muelas

del día que amanece, buscando la esperanza.

Mirando su cadáver en los huesos

que es ahora mi padre,

e introduciendo agujas en las escasas venas,

tratando de meterle la vida, de soplarle

en la boca el aire...

(Me avergüenzo de mí hasta los pelos

por tratar de escribir estas cosas.

¡Maldito el que crea que esto es un poema!)

Quiero decir que no soy enfermero,

padrote de la muerte,

orador de panteones, alcahuete,

pinche de Dios, sacerdote de las penas.

Quiero decir que a mí me sobra el aire...


VI

Te enterramos ayer.

Ayer te enterramos.

Te echamos tierra ayer.

Quedaste en la tierra ayer.

Estás rodeado de tierra

desde ayer.

Arriba y abajo y a los lados

por tus pies y por tu cabeza

está la tierra desde ayer.

Te metimos en la tierra,

te tapamos con tierra ayer.

Perteneces a la tierra

desde ayer.

Ayer te enterramos

en la tierra, ayer.


VII

Madre generosa

de todos los muertos,

madre tierra, madre,

vagina del frío,

brazos de intemperie,

regazo del viento,

nido de la noche,

madre de la muerte,

recógelo, abrígalo,

desnúdalo, tómalo,

guárdalo, acábalo.


VIII

No podrás morir.

Debajo de la tierra

no podrás morir.

Sin agua y sin aire

no podrás morir.

Sin azúcar, sin leche,

sin frijoles, sin carne,

sin harina, sin higos,

no podrás morir.

Sin mujer y sin hijos

no podrás morir.

Debajo de la vida

no podrás morir.

En tu tanque de tierra

no podrás morir.

En tu caja de muerto

no podrás morir.

En tus venas sin sangre

no podrás morir.

En tu pecho vacío

no podrás morir.

En tu boca sin fuego

no podrás morir.

En tus ojos sin nadie

no podrás morir.

En tu carne sin llanto

no podrás morir.

No podrás morir.

No podrás morir.

No podrás morir.

Enterramos tu traje,

tus zapatos, el cáncer;

no podrás morir.

Tu silencio enterramos.

Tu cuerpo con candados.

Tus canas finas,

tu dolor clausurado.

No podrás morir.


IX

Te fuiste no sé a dónde.

Te espera tu cuarto.

Mi mamá, Juan y Jorge

te estamos esperando.

Nos han dado abrazos

de condolencia, y recibimos

cartas, telegramas, noticias

de que te enterramos,

pero tu nieta más pequeña

te busca en el cuarto,

y todos, sin decirlo,

te estamos esperando.


X

Es un mal sueño largo,

una tonta película de espanto,

un túnel que no acaba

lleno de piedras y de charcos.

¡Qué tiempo este, maldito,

que revuelve las horas y los años,

el sueño y la conciencia,

el ojo abierto y el morir despacio!


XI

Recién parido en el lecho de la muerte,

criatura de la paz, inmóvil, tierno,

recién niño del sol de rostro negro,

arrullado en la cuna del silencio,

mamando obscuridad, boca vacía,

ojo apagado, corazón desierto.

Pulmón sin aire, niño mío, viejo,

cielo enterrado y manantial aéreo

voy a volverme un llanto subterráneo

para echarte mis ojos en tu pecho.


XII

Morir es retirarse, hacerse a un lado,

ocultarse un momento, estarse quieto,

pasar el aire de una orilla a nado

y estar en todas partes en secreto.

Morir es olvidar, ser olvidado,

refugiarse desnudo en el discreto

calor de Dios, y en su cerrado

puño, crecer igual que un feto.

Morir es encenderse bocabajo

hacia el humo y el hueso y la caliza

y hacerse tierra y tierra con trabajo.

Apagarse es morir, lento y aprisa,

tomar la eternidad como a destajo

y repartir el alma en la ceniza.


XIII

Padre mío, señor mío, hermano mío,

amigo de mi alma, tierno y fuerte,

saca tu cuerpo viejo, viejo mío

saca tu cuerpo de la muerte.

Saca tu corazón igual que un río,

tu frente limpia en que aprendí a quererte,

tu brazo como un árbol en el frío

saca todo tu cuerpo de la muerte.

Amo tus canas, tu mentón austero,

tu boca firme y tu mirada abierta,

tu pecho vasto y sólido y certero.

Estoy llamando, tirándote la puerta.

Parece que yo soy el que me muero:

¡padre mío, despierta!


XIV

No se ha roto ese vaso en que bebiste,

ni la taza, ni el tubo, ni tu plato.

Ni se quemó la cama en que moriste,

ni sacrificamos un gato.

Te sobrevive todo.Todo existe

a pesar de tu muerte y de mi flato.

Parece que la vida nos embiste

igual que el cáncer sobre tu omoplato.

Te enterramos, te lloramos, te morimos,

te estás bien muerto y bien jodido y yermo

mientras pensamos en lo que no hicimos

y queremos tenerte aunque sea enfermo.

Nada de lo que fuiste, fuiste y fuimos

a no ser habitantes de tu infierno.


XV

Papá por treinta o por cuarenta años,

amigo de mi vida todo el tiempo,

protector de mi miedo, brazo mío,

palabra clara, corazón resuelto,

te has muerto cuando menos falta hacías,

cuando más falta me haces, padre, abuelo,

hijo y hermano mío, esponja de mi sangre,

pañuelo de mis ojos, almohada de mi sueño.

Te has muerto y me has matado un poco.

Porque no estás, ya no estaremos nunca

completos, en un sitio, de algún modo.

Algo le falta al mundo, y tú te has puesto

a empobrecerlo más, y a hacer a solas

tus gentes tristes y tu Dios contento.


XVI

(Noviembre 27)

¿Será posible que abras los ojos y nos veas ahora?

¿Podrás oírnos?

¿Podrás sacar tus manos un momento?

Estamos a tu lado. Es nuestra fiesta,

tu cumpleaños, viejo.

Tu mujer y tus hijos, tus nueras y tus nietos

venimos a abrazarte, todos, viejo.

¡Tienes que estar oyendo!

No vayas a llorar como nosotros

porque tu muerte no es sino un pretexto

para llorar por todos,

por los que están viviendo.

Una pared caída nos separa,

sólo el cuerpo de Dios, sólo su cuerpo.


XVII

Me acostumbré a guardarte, a llevarte lo mismo

que lleva uno su brazo, su cuerpo, su cabeza.

No eras distinto a mí, ni eras lo mismo.

Eras, cuando estoy triste, mi tristeza.

Eras, cuando caía, eras mi abismo,

cuando me levantaba, mi fortaleza.

Eras brisa y sudor y cataclismo,

y eras el pan caliente sobre la mesa.

Amputado de ti, a medias hecho

hombre o sombra de ti, sólo tu hijo,

desmantelada el alma, abierto el pecho,

ofrezco a tu dolor un crucifijo:

te doy un palo, una piedra, un helecho,

mis hijos y mis días, y me aflijo.


(SEGUNDA PARTE)


I

Mientras los niños crecen, tú, con todos losmuertos,

poco a poco te acabas.

Yo te he ido mirando a través de las noches

por encima del mármol, en tu pequeña casa.

Un día ya sin ojos, sin nariz, sin orejas,

otro día sin garganta,

la piel sobre tu frente agrietándose, hundiéndose,

tronchando obscuramente el trigal de tus canas.

Todo tú sumergido en humedad y gases

haciendo tus desechos, tu desorden, tu alma,

cada vez más igual tu carne que tu traje,

más madera tus huesos y más huesos las tablas.

Tierra mojada donde había tu boca,

aire podrido, luz aniquilada,

el silencio tendido a todo tu tamaño

germinando burbujas bajo las hojas de agua.

(Flores dominicales a dos metros arriba

te quieren pasar besos y no te pasan nada.)


II

Mientras los niños crecen y las horas nos hablan

tú, subterráneamente, lentamente, te apagas.

Lumbre enterrada y sola, pabilo de la sombra,

veta de horror para el que te escarba.

¡Es tan fácil decirte“padre mío”

y es tan difícil encontrarte, larva

de Dios, semilla de esperanza!

Quiero llorar a veces, y no quiero

llorar porque me pasas

como un derrumbe, porque pasas

como un viento tremendo, como un escalofrío

debajo de las sábanas,

como un gusano lento a lo largo del alma.

¡Si sólo se pudiera decir:“papá, cebolla,

polvo, cansancio, nada, nada, nada”!

¡Si con un trago te tragara!

¡Si con este dolor te apuñalara!

¡Si con este desvelo de memorias

—herida abierta, vómito de sangre—

te agarrara la cara!

Yo sé que tú ni yo,

ni un par de valvas,

ni un becerro de cobre, ni unas alas

sosteniendo la muerte, ni la espuma

en que naufraga el mar, ni—no— las playas,

la arena, la sumisa piedra con viento y agua,

ni el árbol que es abuelo de su sombra,

ni nuestro sol, hijastro de sus ramas,

ni la fruta madura, incandescente,

ni la raíz de perlas y de escamas,

ni tu tío, ni tu chozno, ni tu hipo,

ni mi locura, y ni tus espaldas,

sabrán del tiempo obscuro que nos corre

desde las venas tibias a las canas.

(Tiempo vacío, ampolla de vinagre,

caracol recordando la resaca.)

He aquí que todo viene, todo pasa,

todo, todo se acaba.

¿Pero tú? ¿pero yo? ¿pero nosotros?

¿para qué levantamos la palabra?

¿de qué sirvió el amor?

¿cuál era la muralla

que detenía la muerte? ¿dónde estaba

el niño negro de tu guarda?

Ángeles degollados puse al pie de tu caja,

y te eché encima tierra, piedras, lágrimas,

para que ya no salgas, para que no salgas.


III

Sigue el mundo su paso, rueda el tiempo

y van y vienen máscaras.

Amanece el dolor un día tras otro,

nos rodeamos de amigos y fantasmas,

parece a veces que un alambre estira

la sangre, que una flor estalla,

que el corazón da frutas, y el cansancio

canta.

Embrocados, bebiendo en la mujer y el trago,

apostando a crecer como las plantas,

fijos, inmóviles, girando

en la invisible llama.

Y mientras tú, el fuerte, el generoso,

el limpio de mentiras y de infamias,

guerrero de la paz, juez de victorias

—cedro del Líbano, robledal de Chiapas—

te ocultas en la tierra, te remontas

a tu raíz obscura y desolada.


IV

Un año o dos o tres,

te da lo mismo.

¿Cuál reloj en la muerte?, ¿qué campana

incesante, silenciosa, llama y llama?

¿qué subterránea voz no pronunciada?

¿qué grito hundido, hundiéndose, infinito

de los dientes atrás, en la garganta

aérea, flotante, pare escamas?

¿Para esto vivir? ¿para sentir prestados

los brazos y las piernas y la cara,

arrendados al hoyo, entretenidos

los jugos en la cáscara?

¿para exprimir los ojos noche a noche

en el temblor obscuro de la cama,

remolino de quietas transparencias,

descendimiento de la náusea?

¿Para esto morir?

¿para inventar el alma,

el vestido de Dios, la eternidad, el agua

del aguacero de la muerte, la esperanza?

¿morir para pescar?

¿para atrapar con su red a la araña?

Estás sobre la playa de algodones

y tu marea de sombras sube y baja.


V

Mi madre sola, en su vejez hundida,

sin dolor y sin lástima,

herida de tu muerte y de tu vida.

Esto dejaste. Su pasión enhiesta,

su celo firme, su labor sombría.

Árbol frutal a un paso de la leña,

su curvo sueño que te resucita.

Esto dejaste. Esto dejaste y no querías.

Pasó el viento. Quedaron de la casa

el pozo abierto y la raíz en ruinas.

Y es en vano llorar.Y si golpeas

las paredes de Dios, y si te arrancas

el pelo o la camisa,

nadie te oye jamás, nadie te mira.

No vuelve nadie, nada. No retorna

el polvo de oro de la vida.



Jaime Sabines 





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Etiquetas: Poema Sabines Muerte


Unas reflexiones acerca de los que nos insultan…
Publicado 04/30/2017 03:18:49

El mejor procedimiento para vengarse de los malos es procurar no asemejarse a ellos.

 

Cuando alguno te haya ofendido por su descaro, pregúntate inmediatamente: «¿es posible que en el mundo no haya imprudentes? No; eso no es posible». No pidas, pues, lo imposible. Ese hombre es uno de esos imprudentes que necesariamente debe tener el mundo. En cuanto al trapacero, al traidor, en una palabra, al culpable, cualquiera que sea, hazte la misma reflexión. Acordándote de que es imposible que no existan gentes de esa especie, tendrás más indulgencia para cada uno de ellos. Es también de gran utilidad preguntarte, en primer lugar, qué virtud la Naturaleza ha dado al hombre para defenderse contra las faltas ajenas. Le ha dado, en efecto, la dulzura como preservativo contra la brutalidad y, por decirlo así, diversos antídotos, unos contra un defecto, otros contra otro. Después de todo, solo de ti depende poner en buen camino a quien está extraviado. Pues todo hombre que falta a su deber yerra el objeto de su vida: se ha equivocado de camino. Además, ¿en qué te ha podido perjudicar la ofensa? Piensa, y encontrarás que ninguno de los que han provocado tu indignación ha podido, a pesar de todo, alterar las cualidades de tu alma; y solo en eso consiste el verdadero mal y el daño. ¿Qué mal hay para ti o qué hay de extraño en que un hombre sin educación se comporte como el que no la tiene? Ten cuidado de no tener, más bien, que reprocharte a ti mismo el no haber esperado de tal hombre tal ofensa. Era una cosa probable; la luz de tu razón debía hacértelo presumir; sin embargo, por no haber pensado te extrañas de su falta. Sobre todo, cuando tienes que quejarte de la perfidia de un hombre o de su ingratitud, lanza una mirada sobre ti mismo. Pues, sin duda, falta tuya es haber creído que un hombre sin fe sería fiel, o haber tenido, al hacer el bien, otro objeto que hacerlo y gustar en el momento mismo todo el fruto de tu buena acción. Has prestado servicio a un hombre; está bien; ¿qué más quieres? ¿No te es suficiente haber obrado conforme a tu naturaleza? ¿Necesitas que te paguen? Es como si el ojo pidiese una recompensa porque ve, o los pies porque marchan. En efecto, lo mismo que esas partidas del cuerpo que han sido organizadas para un fin especial y que, obrando según su organización, no hacen más que la función que les es propia, lo mismo el hombre, habiendo sido creado para ser bienhechor, no hace sino las funciones de su organización particular cuando hace bien a alguien o contribuye a procurarle ventajas exteriores. Entonces habrá cumplido su misión.

 

El que peca, peca contra sí mismo; el que comete una injusticia se perjudica también a sí mismo, puesto que se convierte en un malvado.

 

A veces es uno tan injusto sin hacer nada como haciendo algo.

 

La falta ajena hay que dejarla donde está.

 

Aquello que nos indigna no son las acciones de los otros, pues tienen su principio en el espíritu que las guía; son nuestras propias opiniones. Suprime, pues, tu opinión; cesa con firme resolución de juzgar tus acciones como molestas para ti, y tu cólera se disipará. ¿Cómo suprimir tu opinión? Haciéndote este razonamiento: que nada hay en ellas que sea vergonzoso para ti. Luego el verdadero mal no consiste en hacer lo que nos cause vergüenza. Si fuese de otro modo, serías, a pesar tuyo, culpable de muchas faltas; podrías ser hasta un granuja o cualquier otra clase de malhechor.

 

¡Cuán mayor es el mal de la ira y el enfado suscitados por las acciones que otros nos hacen, que las mismas acciones que nos encolerizan y desazonan!

La dulzura es una fuerza invencible cuando es sincera, sin afectación y sin disfraz. ¿Qué te sucederá con el más insolente de los hombres si tú te propones tratarlo con dulzura; si, cuando el caso lo requiere, tú estás satisfecho de poder dar dulcemente buenos consejos y una sabia lección en el mismo momento que él se esfuerza en ultrajarte? «No, querido mío; nosotros hemos nacido para obrar de otra forma; no es a mí a quien engañarás, sino a ti mismo, querido amigo». Hazle comprender, pero con cuidado y en términos generales, que ahí es donde está la verdad, que ni aun las abejas y otros seres destinados a vivir en sociedad lo harían de ese modo. No obstante, no es preciso que esa lección tenga aire de burla, ni de insulto; debes darla con un tono afectuoso y sin aspereza; no como un maestro de escuela, ni por hacerte admirar de alguien de los que te rodean, sino como si estuvieras solo, aun cuando hubiera otros testigos.

 

Pretender que los malos no cometan ninguna falta es una locura, pues es querer lo imposible; por otra parte, admitir que sea para los otros lo malo que ellos tienen y querer que no cometan ninguna falta contigo es razonar como un insensato o como un déspota.

 

«¿Te ha dado algún motivo para pensar que ha cometido una falta?». Pregúntate: «¿es que estoy seguro de que es una falta?» Y si la falta es cierta, suponte que él ya se ha juzgado culpable y se ha castigado tan cruelmente como si se hubiese desgarrado la cara con sus propias manos. Desde luego, querer que el malo no cometa faltas es querer que la higuera dé otro fruto que no sea el higo, que los niños no lloren en la cuna, que el caballo no relinche, y de este modo de todo cuanto por necesidad tiene que suceder. ¿Qué es lo que podrá hacer un hombre en el que su corazón está tan gangrenado? Si puedes, cura su gangrena.

 

Si eso no es bueno, no lo hagas; no es verdad, no lo digas; tú eres quien debes juzgarlo.

 

 

Marco Aurelio 





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